Carlos Fuentes – Gabo Memorias de la memoria 

Por Carlos Fuentes

La memoria es el género que se atreve a decir su propio nombre. La biografía nos dice: “Eres lo que fuiste”. La novela nos dice: “Eres lo que imaginas”. La confesión nos dice: “Eres lo que hiciste”. Pero biografía, confesión o novela requieren memoria, pues la memoria, dice Shakespeare, es el guardián de la mente. Un guardián, diría yo, que se radica en el presente para mirar con una cara al pasado y la otra al porvenir. La búsqueda del tiempo perdido también es, fatalmente, la búsqueda del tiempo deseado. Hoy, en el presente de este año duodécimo del segundo milenio después de Jesús, Gabriel García Márquez rememora. A los que un día le dirán: “Esto fuiste”, “Esto hiciste” o “Esto imaginaste”, Gabo se les adelanta y dice simplemente: Soy, seré, imaginé. Esto recuerdo.

Mi primer García Márquez.

A mediados de los años cincuenta, dirigía junto con Emmanuel Carballo una Revista Mexicana de Literatura, adversa al chovinismo estrecho de nuestra antañona vida cultural. Una de las maneras de romper “la cortina de nopal” (Cuevas dixit) consistió en asociarnos con revistas latinoamericanas de espíritu similar. Eran dos Orígenes, dirigida en La Habana por Cintio Vitier, que me permitió iniciar una paradisíaca correspondencia con el gran José Lezama Lima. Y Mito, publicada en Bogotá por Jorge Gaitán Durán, y que me puso en contacto con dos jóvenes y ya grandes escritores colombianos, Álvaro Mutis y Gabriel García Márquez. Digo que conocí a Gabo antes de conocerlo, publicando en México “Los funerales de la Mamá Grande” y “Monólogo de Isabel viendo llover en Macondo”. ¿Quién era, cómo era este escritor transparente y luminoso que de un golpe sacaba al trópico del tópico (La Vorágine, Canaima) y le daba esa tristeza levistrausiana que Claudio Magris ha descrito como un rasgo de la literatura latinoamericana? Contra la tentación de la lectura exótica, García Márquez nos pedía “hacer la tarea escolar de re-leer una prosa melancólica, difícil, dura”. El premio a su propia exigencia creativa, a contra-corriente de la facilidad del momento, premió a García Márquez con una popularidad sólo comparable, en la lengua castellana, a otra novela diáfana porque es “melancólica, difícil, dura”, el Quijote. No nombro, por pudor, a los grandes escritores extranjeros que no han podido con la dificultad de ese libro, el Quijote, que a nosotros nos parece transparente. Sólo cito al best-seller norteamericano del momento, Jonathan Franzen, que reconoce su imposibilidad de leer a Cervantes. Y secretamente, hay españoles e hispanoamericanos que se cierran ante García Márquez. Yo los celebro porque significa que hay en Gabo una zona “melancólica, difícil y dura” que ya era evidente en aquellos cuentos que publiqué en la Revista Mexicana de Literatura.

El primer encuentro.

Fue en las oficinas de ese Médicis yucateco exuberante, generoso, caprichoso y loco que fue Manuel Barbachano Ponce. Una mansión decrépita en la Calle de Córdoba -La Mansión de Drácula, dijo Gabo- donde Álvaro Mutis me presentó a García Márquez y nació la amistad a primera vista. Creo que desde ese momento fuimos amigos para siempre al grado de que yo puedo marcar las etapas de mi vida a partir de los treinta y dos años mediante los hitos de la amistad con Gabo y él mismo ha dicho que “si alguna vez escribiéramos nuestras memorias respectivas, los lectores se van a encontrar con páginas intercambiables”.

Páginas intercambiables.

En el México de los sesentas, la vida literaria giraba entre dos cafés de la Zona Rosa, el Kineret y el Tirol. Gabo y yo decidimos institucionalizar los encuentros todos los domingos de las seis de la tarde en adelante en mi desvencijado caserón en San Ángel Inn. Por allí pasó la humanidad entera, todos éramos jóvenes, todos éramos promesas, todos fumábamos, todos bebíamos, unos se quedaron en promesas, otros se propusieron ganar la módica medida del genio con la desmesura del trabajo. Todos bailábamos al ritmo de los recién descubiertos Beatles y Rolling Stones. Prueba: Una extraordinaria foto de Gabo bailando el watusi con Elena Garro. Todas las muchachas eran bellas. ¿Quién más que la trágica, frágil orquídea de un invernadero ístmico, Arabella Arbenz? Arabella, hija del derrocado (por la CIA) presidente de Guatemala Jacobo Arbenz, vino a México a hacer cine y Gabo y yo éramos pareja de guionistas tan frágiles en nuestro métier como Arabella en su vida. Escribimos juntos el libreto de El gallo de oro, cuento de Juan Rulfo que dirigiría Roberto Gavaldón, realizador tan en demanda que durante el día escribía un guión para Libertad Lamarque y de noche, con nosotros, El gallo de oro, de suerte que, confundidos, a veces poníamos al Gallo a cantar tangos y a doña Liber a cacarear. Pasábamos horas Gabo y yo discutiendo sobre el adjetivo correcto para describir la puerta de entrada a la hacienda de don Esculapio Virgen (excéntrico ranchero de nuestra invención) o el lugar preciso para una coma extraviada. Un buen día, García Márquez me dijo: -¿Qué vamos a hacer? ¿Salvar al cine mexicano o escribir nuestras novelas? La suerte estaba echada.

Cien años de felicidad.

Yo me fui a vivir una larga temporada a París y Gabo se encerró a escribir Cien años de soledad. Mercedes cerró las puertas de la casa, cortó las líneas de teléfono y abasteció el refrigerador. Un año más tarde, me llegaron las primeras cincuenta páginas de Cien años de soledad. Las leí con emoción, asombro y sobre todo gratitud por tener un amigo de tan inmenso talento y de tan inmensa generosidad. Porque esta era una novela generosa. En muchos sentidos. No sólo daba y se daba. No sólo poseía ese don de reconocimiento -la anagnórisis que da título a un hermoso libro de Tomás Segovia, gran poeta de nuestra generación-. No sólo reunía en un haz las grandes tradiciones de la literatura hispanoamericana -mito de fundación, épica de destrucción, historia de recreación- sino que, magistral, generosamente, demostraba la compatibilidad de los géneros en una época de sequía literaria determinada por la dictadura del nouveau roman francés, empeñado en convertir la literatura en desierto.

Frondoso por generoso.

García Márquez nos volvía a ubicar a todos en el Territorio de la Mancha, la gran provincia trasatlántica de Cervantes, donde se dan cita la épica de caballería, la picaresca, la novela bucólica, la trama bizantina, la novela dentro de la novela, la cárcel de amor, la generosidad literaria que García Márquez recupera para la América Latina a partir de una tradición compartida y de una ubicación geográfica amorosa. El Caribe, la corriente de reconocimientos literarios que fluye del Mississippi de William Faulkner por las “islas de la corriente” de Ernest Hemingway, con escala en castellano en la Cuba de Alejo Carpentier y su concepto de lo real maravilloso, verdadero origen del realismo mágico, pero que se extiende a la lengua francesa de Jacques Roumain y los Thoby-Marcellin en Haití y Aimée Césaire y Edouard Glissant en el Caribe francófono y Jean Rhys la desolada niña del Mar de los Sargazos vestida toda de blanco en el Caribe angloparlante y como un faro del castellano, resistiendo todos los embates del imperio, Luis Rafael Sánchez en la roca madre de Puerto Rico. Y atrás, más atrás, los cronistas de Indias, los navegantes, los bestiarios, la imaginación casada con la memoria. De todo esto desciende, todo esto ha hecho visible y presente, Gabriel García Márquez el memorioso de hoy y de siempre.

Amigos de los amigos.

Digo en mi libro En esto creo: “Lo que no tenemos lo encontramos en el amigo”. Gabo y yo compartimos muchas amistades y algunas enemistades. En la política, son inevitables las diferencias de opinión y la prueba de la amistad es que lo que podría separarnos nos une aún más: el respeto. Dejo de lado a nuestra conflictiva latinoamericanidad, pensando a veces que la América Latina sólo se concibe a sí misma, política y económicamente, como un problema que obliga al mundo a fijarse en nosotros y, una y otra vez, rescatarnos de nuestra propia incompetencia.

A Gabo le fascina el fenómeno del poder y El otoño del patriarca no sólo da fe, sino que encarna en todas las direcciones la picaresca y la tragedia del poder. Desde mi punto de vista, en nuestra relación con hombres de poder, destacaría tres. Con Francois Mitterrand, un demonio de inteligencia, cultura literaria y maquiavelismo político. En sus memorias, La paja y el grano, Mitterrand recuerda que fue otro queridísimo amigo común, Pablo Neruda, quien le dijo: “Lea inmediatamente Cien años de soledad. Es la más bella novela producida por la América Latina desde la pasada guerra”. Mitterrand conoce a García Márquez y escribe: “Es un hombre idéntico a su obra. Cuadrado, sólido, risueño y silencioso”. Con William Styron, Arthur Miller y García Márquez, asistí a la rumbosa inauguración del presidente Mitterrand en mayo de 1981. Durante el almuerzo de Estado en el Elíseo, el nuevo Presidente nos pidió que lo acompañáramos a su despacho a fin de atestiguar su primer acto de Gobierno: firmar sendos decretos otorgándoles la nacionalidad francesa a Milan Kundera y a Julio Cortázar, ambos exiliados por las dictaduras, comunista la de Praga, fascista la de Buenos Aires. La cultura literaria de un Presidente francés nunca sorprende. Neruda me contó que sus reuniones con el presidente Pompidou, siendo Pablo embajador de Chile en Francia, tenían como pretexto discutir la política económica del Club de París, pero en realidad eran largas pláticas sobre la poesía de Baudelaire. Lo que sorprende es que un presidente de los Estados Unidos lea libros.

Cosa que descubrimos Gabo y yo una noche en Martha’s Vineyard, escuchando a Bill Clinton recitar de memoria pasajes enteros de Faulkner, demostrar que él sí había leído el Quijote y por qué Marco Aurelio era su autor de cabecera. Pregunta innecesaria: ¿Qué habrá leído Bush? Y para cerrar el capítulo político, otro lector-estadista: Felipe González, un hombre que habla como un libro porque piensa como un libro porque ha leído todos los libros y sin embargo -oh Mallarmé- no está triste. Digo que amigos y enemigos literarios Gabo y yo hemos tenido -no siempre compartido- muchos.

Pero mirando nuestra vida de capítulos intercambiables, creo que hay un amigo escritor o mejor dicho un escritor amigo de ambos al que Gabo y yo colocamos por encima de todos. Es Julio Cortázar y creo que ni Gabo ni yo seríamos lo que somos o lo que aún quisiéramos ser sin la radiante amistad del Gran Cronopio. En Cortázar se daban cita el genio literario y la modestia personal, la cultura universal y el coraje local (“Las Malvinas son argentinas -solía decir-. Los desaparecidos también”). Lo había leído todo, visto todo, sólo para compartirlo todo. Una de las noches inolvidables de nuestra amistad ocurrió en el tren París-Praga en diciembre de 1968. Íbamos invitados por Kundera a mantener la ficción -es decir, la esperanza- de una cultura checa independiente en un País rodeado de tanques soviéticos. Cortázar fue hilvanando temas como un cuentista árabe de la plaza de Marrakech. Recordó todas las novelas que sucedían en trenes, enseguida las películas en trenes y por último, a partir del swing de Glenn Miller, el ritmo de locomotora del jazz y, en particular, una memoria asombrosa de la relación entre el jazz y el piano… Cuando llegamos de madrugada a Praga, nos esperaba en la estación Kundera, nos llevó a Gabo y a mí a un sauna y cuando pedimos una ducha para quitarnos el calor, Milan nos condujo al río Ultava y nos empujó, encuerados como lombrices, al agua congelada. Recuerdo el comentario de Gabo cuando salimos morados del río: “Por un instante, Carlos, creí que íbamos a morir juntos en la tierra de Kafka”.

Vida y muerte.

Cuando murió Cortázar, llamé a García Márquez, conmovido por la desaparición de nuestro incomparable amigo. Gabo me contestó, memorablemente: -No creas todo lo que lees en los periódicos. Es cierto: no hay mortalidad en la literatura. Oír a Gabo hablar de libros y autores es oírle hablar de lo más vivo, lo más próximo, lo más entrañable. Gabriel posee una memoria poética fabulosa, hecho que -entre otros- le envidio como se lo envidio a Carlos Monsiváis (capaz de pasar una tarde con Neruda haciendo conversación sin otras palabras que citas de la poesía de Neruda); a Chema Pérez Gay (que además cita a Holderlin, Goethe y Rilke en alemán); o a Antonia Fraser, que memoriza un poema cada noche. Gabo se sabe de memoria la poesía de Garcilaso (“Escrito está en mi alma vuestro gesto/ y cuanto escribir de vos deseo/ vos sola lo escribisteis, yo lo leo/ tan solo, que aun de voz me guardo en esto”).

A veces, García Márquez deja entrever la literatura que se guarda. Es Kafka y La Metamorfosis la lectura que lo precipitó angustiado y anhelante en la escritura. Es Faulkner y la convicción de que el presente empezó hace diez mil años. Es Rulfo y el clamor de los silencios. Y es, sorpresivamente, Dumas y El Conde de Montecristo como fábula de fábulas que encierra el enigma del enigma: ¿cómo escapar de la prisión del Castillo de If? Que el lector se ponga a pensar y verá cómo las combinaciones posibles son infinitas, tan infinitas como la lectura. Gabriel García Márquez y Alejandro Dumas y Franz Kafka: cómo entrar al Castillo, cómo salir del Castillo. La llave se llama la literatura. Pero ella también está escondida. Está en la isla del tesoro. No la de Stevenson, sino la de Defoe, autor preferido de García Márquez no tanto por el Robinson sino por El diario del año de la cólera. El título lo dice todo. El Robinson de Gabo es el del muy admirado Coetzee: una noticia falsa que alguien le cuenta a Defoe. Mi Robinson es el de Buñuel: el solitario gritando desde la cumbre de la montaña para escuchar el eco de su voz y sentirse acompañado.

Sitios de la memoria.

La Barcelona de la Gauche Divine, Carlos Barral y los Goytisolo, “Rosa Regás, Qué buena estás” y nuestros tres monstruólogos, Cecilia, Rodrigo y Gonzalo, rondando los cines de Sarriá a los diez años en busca de películas de Frankenstein y Drácula, como si intuyeran algo que los demás explicábamos con demasiada lógica: La España de Franco. La Ciudad de México, donde Gabo y yo nos hacemos cruces tratando de entender rebeliones, asesinatos, brujas, entierros, tapados, destapados hasta que García Márquez, salutariamente, va al Museo de Antropología, se para diez minutos frente a la mole de la Diosa Madre Coatlicue con su falda de serpientes y se retira diciendo: “Ya entendí”.

¿Qué entendimos?

En los cafés de París, en los bares de Venecia, entre tapas de Madrid y caminatas en Oviedo, que la realidad es siempre más novelesca que la ficción. De allí que la ficción deba superar, no a la realidad, sino a la ficción de la realidad. Dura, dolorosa realidad de la patria colombiana, tan orgullosa de Gabo, donde en las calles de su adorada Cartagena le saludan: “Adiós, Don Nobel”. Una patria secuestrada, acribillada, prostituida, extenuada, engañada. Con razón Gabo encuentra en México una segunda Patria que para él es todo lo que no es para muchos mexicanos: un remanso, un acierto, una seguridad. Tal es su voluntad mexicana y yo, mexicano, su amigo, no tengo más remedio que respetarla. Porque al fin y al cabo, junto con nuestras esposas y nuestros hijos, nuestros amigos y nuestra Mamá Grande, Papisa y Regazo de Todo Mal, Carmen Balcells, nuestra memoria es nuestro respeto y nuestro respeto eso que los latinos llamaban verecundia, el honor debido a quienes queremos. O como diría Bob Hope, “gracias por la memoria”.

Así es: Vivir para contar.